If can't be good, be careful

El hombre a quien amó hace más de treinta y cinco años vuela por algún punto del mundo, nunca de vuelta, siempre hacia alguna parte, y ahí está Bibis, hecha un ovillo juvenil en un sillón cualquiera de esta casa, la casa conyugal de siempre, con vistas a los jardines del Turó Park, todavía con nenúfares en el lago y titiriteros en las mañanas de fiesta, ahí está vestido de angorina amarilla y ceñidos pantalones de cuero el buen amor —una dona fantástica, una dona que no emprenya mai, como ha dicho de ella siempre su marido—, hablando con su hermética naturalidad de aquella muchacha de veintidós años, nacida el 26 de diciembre de 1932 en la esquina de las calles Diagonal y Tuset, sobre un bar de mucha y larga moda que llamaban Bagatela, a quien finalmente el obispo Modrego no casó como estaba previsto, porque un obispo en la Barcelona de los cincuenta no podía conseguir que una renacuaja, por más brillo y lustre que tuviera, hablara con ese desparpajo distanciado de la sagrada epístola de San Pablo, que le dijera al gran Del Arco en las páginas de La Vanguardia que no iba a ser sumisa y constatara que el Nuevo Testamento tenía párrafos envejecidos. Modrego se negó a casarla con el hombre que amaba y eso fue una lástima, en día tan noble, el día 1 de diciembre de 1955, eso y la lluvia, que por lo demás todo fue como se esperaba, la catedral repleta, la carta del menú diseñada por Salvador Dalí, las orquídeas blancas llegadas expresamente de Bélgica y el hotel Ritz vedado a cualquier tristeza, como habrían de certificarlo los padrinos, los de ella, el conde de Godó, José María Juncadella, el marqués de Castelldosrius, Leonardo Rowe, José María de Porcioles, Lorenzo Pons, Andreu Mercé Varela, Alberto Arnús, Felipe Sen, una lista casi imbatible en la Barcelona de los cincuenta, y los padrinos de él, Pedro Gual Villalbí, Augusto Malvehy Garriga, el doctor Antonio Puigvert, Francisco Platón, Victoriano Oliveras de la Riva, José Luis Samaranch Rialp y Francisco Samaranch Torelló, una lista más de amigos y de parientes que de apellidos.

Aunque se dijo que el obispo había pillado un súbito y fulminante resfriado, ella supo para siempre que mamá Rowe tenía razón, una razón absoluta, cuando le decía con las manos en sus hombros y los ojos azules y serios sobre los suyos, Bibis, if can't be good, be careful, «Bibis, si no puedes ser buena, sé cuidadosa», ese tipo de sentencias de gran estilo, de permanente recuerdo. Ahí está masticando el be careful, como resumen y moral de su vida, hablando de aquel joven Samaranch que le impresionara tanto, que era como un lujo entre la zafiedad del poder de la época, firme sin ser altivo, serio sin ser pelmazo, tímido sin ser soseras, atildado sin ser ridículo, hecho sin ser maduro, practicante asiduo de las noches, el dinero y el pecado. Ahí está Bibis con su hermética naturalidad diciéndose que acaso fuera eso último lo que más le atraía de él, ese olor fuerte, mezclado y bien batido con la seguridad un poco irrazonable que destilaba de llegar a ser alguien y permitirle, pues, a ella, la escapatoria de una vida fija: señorita Salisachs-Rowe, schwester como madre, Colegio Alemán, luego de la Asunción, un año en Londres, su poquito de piano, su poquito de francés. La seguridad, en fin, de ser la mujer de alguien importante que tuvo desde los primeros balbuceos de ese noviazgo corto, cortísimo, apenas seis meses, cuando bailaban suavemente en Embassy acompañados siempre de los amigos, Paco Platón, por ejemplo, o Cecilia Malvehy, su prima, coautora del noviazgo desde la primera noche, primavera de 1955, en que los hizo cenar juntos en su casa, adorable casamentera Cecilia, lo que propició que al acabar la cena Juan Antonio la invitara a un partido de hockey para el día siguiente, siempre tenía entradas Juan Antonio, o que acabara regalándole un Lancia gris, perfecto, de esos Lancia que le conseguía en buenas condiciones de importación y precio su amigo Paco Boronat, del hockey, y que desde luego no era el primero que regalaba a una mujer, aunque quizá fuera el último. Y que fuera el último era lo que importaba, la condición necesaria para estar aquí, hecha un ovillo, pasados treinta y cinco años, ni una gota de melancolía, de malestar, de incomodidad en esta mujer poderosa, propietaria de otra frase, tan ceñida como sus pantalones, utilísima para cerrar cualquier ventana de turbación, «yo me adapto a todo, siempre». Bibis, en efecto, fijada desde hora temprana en papel de revista ilustrada, divagando con igual resolución entre las damas de los jerarcas del franquismo madrileño, que nunca le perdonaron sus vestidos ni su helada, y tan laboriosa, sencillez, Bibis llevando del brazo, cuidando como una hija a Mrs. Brundage, la esposa del hombre que ayudara decisivamente a su marido a llegar al CIO, Bibis entre la nomenklatura soviética controlando, para no herir a nadie, su aroma de mujer occidental, Bibis ocupando en Lausana el lugar que se le pide a la mujer de un hombre de Estado en toda velada oficial, con los labios en posición de sonrisa, testimoniando que los plácemes son exagerados y todos los hombres, inéditos, irrepetibles.

Ahí está, escasamente predispuesta a abandonar el ovillo para evocar con algún relieve su viaje de novios, por ejemplo, París, Berlín, Viena, la pareja atrapada en la terrible ola de frío que sacudió Centroeuropa el invierno de 1955 y que les obligó a regresar antes de tiempo al sur; o a sacar conclusiones de la intimidad de una pareja que nunca fue de dos, cuando Juan Antonio consideró muy adecuado, comodísimo, que Andreu Mercé Varela, periodista y por tanto amigo les acompañara con el objeto de ocuparse de los penosos trámites: el dinero suelto, las propinas, las reservas de hotel y vuelo, Mercé Varela, dandy altivo, sir Andrew, como todavía le llaman en el olimpismo.

El hombre a quien amó hace treinta y cinco años vuela por algún punto del mundo y aquella que a todo daba el nombre de «bibis» se encierra hoy en sus habitaciones repletas de vídeos y novelas sentimentales, y enhebra un extravagante sueño cinematográfico donde aparece cual centauro, mitad Diana Durbin, mitad Rambo. Pero eso es nada más que un sueño coqueto. Al cabo de casi todo la realidad sigue perfectamente en orden. «Lo que más desprecio en esta vida es el desorden y el caos. El caos mental, sobre todo, que rompe tantas vidas, el caos que provoca divorcios, separaciones, rupturas. Todo puede superarse en esta vida. Es una simple cuestión de orden.»

Así lo dice, insuperablemente fría, too good to be true.

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Nunca fue de versos. Pero en su mundo y en su tiempo joven circulaban por razones insondables aquellos pequeños y galantes atribuidos a Espronceda Me agradan las queridas / tendidas en los lechos / sin chales en los pechos / y flojo el cinturón, y no tuvo otro remedio que atenerse a ellos, que ser muchas veces su sujeto protagonista. Esos versos circulaban como las canciones de Carmen de Lirio o la música de Bernard Hilda y eran en el paisaje de la Barcelona señorita de los cincuenta un guiño, la obligación rítmica del joven que contaba. Así, versificó durante una juventud un punto demasiado prolongada y mantuvo un fichero permanente de mujeres a las que procuró buscar casi siempre, llegado el aburrimiento, una salida cómoda y honorable. La misma necesidad de ajustarse al status que le obligó a moverse entre el deporte y el pecado hasta los treinta y cinco años, y a frecuentar reservados e iluminaciones tenues de postal romántica de noche de posguerra, le acabó llevando hasta el regazo de un apellido más antiguo que el suyo, pero tampoco demasiado enfático, propiedad de una mujer que con el tiempo habría de convertirse en uno de sus mejores aliados. A ese matrimonio él aportó la convicción —un poco irracionalmente compartida ya en ese momento por casi todo el mundo— de ser un hombre con futuro inmenso. Y ella, tal vez —baste mirar la lista de sus padrinos—, una decena de nuevos nombres a la agenda matrimonial del poder. Sin embargo, sería absurdo pensar que el suyo fuese un matrimonio de conveniencia. Bibis era la más bella del baile, sobresalía en cabeza por encima de las damitas y tenía la ambición suficiente como para jurarle que nunca iba a discutirle nada: If you can't be good, be careful, le había dictado su madre. Ciertamente, lo extravagante habría sido no enamorarse de ella.



Jaume Boix y Arcadi Espada,
El deporte del poder. Vida y milagro de Juan Antonio Samaranch (Temas de Hoy, 1991).